Escribe: GUILLERMO VÁSQUEZ CUENTAS
EL POBLAMIENTO DE AMÉRICA
Es tema subyugante para los interesados en conocer el pasado de las culturas que se forjaron en el continente. Y la pregunta inicial clave es ¿Cómo llegaron los seres humanos a esta parte del planeta? ¿Cómo llegaron al Perú? Y, desde nuestro interés, aún más concretamente: ¿cuáles son los orígenes de los antiguos Collas, hoy conocidos como Aimaras?. Sobre esto pretendemos consignar aquí algunas informaciones e ideas.
Sabido es que la historiografía continental y especialmente en la peruana, está llena de publicaciones que contienen resultados de investigaciones, teorías y posiciones de todos aquellos que han dedicado parte de sus vidas a dilucidar las interrogantes antes planteadas.
1. Teorías inmigracionistas
Así, sobre el poblamiento del continente americano y en particular de América del Sur (ya desechada la posición autoctonista del científico argentino Florentino Ameghino 1854-1911, por carecer de suficientes bases científicas), a partir de siglo XX se han ido elaborado muchas posiciones pretendidamente explicativas que van desde la llegada de fenicios, egipcios y judíos hasta el arribo inmemorial de chinos, japoneses, vikingos, entre otros. Hay una amplia literatura al respecto.
Por encima de esas teorías con acento especulativo, en el campo histórico-cultural de la ciencia, prevalecen las teorías inmigracionistas que se han fundido en tres vertientes, todas ellas datadas en el post diluvio universal. Entre los especialistas parece haber consenso en que las tres rutas de inmigración siguientes, fueron efectivas en diversas épocas.

La teoría asiática
Levantada por Alex Hrdlicka, Pedro Bosh Gimpera y otros, postula que la inmigración se produjo por el estrecho de Behering, tal vez hace 60 mil o menos (los tratadistas difieren enormemente en esta data) en sucesivas oleadas, siguiendo a los animales que los precedieron. Es posible que el paso desde Asia se produjo en los tramos finales de la última glaciación (Winscosing) hace alrededor de 50 mil años, es decir cuando las aguas del estrecho se redujeron y congelaron permitiendo el paso de animales y humanos de Asia a norte América en varias oportunidades, desde donde hace 12 mil años aproximadamente, se expandieron por el resto del continente sea por rutas costeras o por corredores interiores.
Accesoriamente, esta teoría no descarta que los inmigrantes habrían utilizado pequeñas embarcaciones recorriendo la seguidilla de islas conocidas como Las Aleutinas, ubicadas entre Siberia rusa y Alaska hoy estadounidense, poco más al sur del estrecho beheringiano en mención.

El sustento argumental de la teoría asiática monogenista goza de difusión intensiva y es aceptada ahora mayoritariamente en todo el mundo como vía principal del poblamiento americano. La versión más difundida de la migración siberiana es la del “poblamiento tardío o “Clovis first” según la cual la llegada del hombre a América fue hace 13 mil a 15 mil años. Eso, aun cuando se han detectado migraciones desde hace 20 mil años.
Ello no obstante, cada día se realizan investigaciones y aparecen alcances teóricos que proponen que la llegada a América se produjo no solo por el Estrecho de Bering, sino también por Europa y Oceanía en épocas distintas o anteriores. Recientemente Niède Guidon, destacada arqueóloga brasileña, encendió la polémica con el descubrimiento del yacimiento de Pedra Furada, situado en el Parque Nacional Serra da Capivara en Piauí, noreste de Brasil, que postula una ocupación humana que se remontaría a más de 50.000 años.
La Teoría Polinésica y Melanésica
Paul Rivet y otros poligenistas aseguran que el ser humano americano tuvo múltiples orígenes, entre ellos la inmigración que se habría producido a través del océano Pacifico desde Polinesia y Melanesia en embarcaciones pequeñas. Hay gran cantidad de señales que avalan esta posición partiendo de los rasgos físicos, objetos culturales y ciertas similitudes lingüísticas entre polinesios y amerindios. Además, están probadas las similitudes del ADN rapanui y mapuche.
La teoría oceánica (Polinesia-Melanesia) ha merecido abundantes probanzas en calidad y cantidad, de forma que queda pocas dudas sobre su verosimilitud.
Apelando a esta teoría se dice que “alguna inmigración llegó a las costas del actual Lambayeque como se infiere de la leyenda de Naylamp. Otras llegaron al actual Chile, tal vez utilizando las islas Marquesas, Juan Fernández y Rapa Nui o Isla de Pascua, recalando en las regiones actualmente chilenas de Coquimbo y Atacama a las que poblaron y en las que se desarrollaron culturalmente durante tiempo prolongado”.
La Teoría Australiana
Tiene como su más esclarecido representante al antropólogo portugués Antonio Méndez Correa.
Sostiene en síntesis que la gente llegó por mar desde Australia hasta el extremo sur del continente americano, aprovechando una distancia relativamente corta si se considera las proximidades físicas de la Antártida con Australia y con Sudamérica, en los extremos del polo sur. .
Méndez Correa sostiene que “América fue poblada por una corriente migratoria proveniente de Australia que hace 12 mil años pasó por la Antártida y entró por la parte más austral del continente americano (Tierra del Fuego)”. Las conclusiones del delineado de esta ruta tienen asiento en evidencias antropológicas, lingüísticas, genéticas y culturales halladas entre pobladores americanos y australianos.

“Esta corriente migratoria – según Méndez- pudo haberse concretado aprovechando unas condiciones climáticas favorables conocidas como “optimus climaticum” (óptimo climático). La ruta factible seguida por los indígenas migrantes pudo haber bordeado la Antártida pasando por las islas Tasmania, Auckland y Campbell, hasta el mar de Hoces. Habrían atravesado en pequeñas balsas el pasaje de Drake (punto de separación entre América del Sur y el bloque antártico), hasta llegar a Tierra del fuego y Patagonia.
Los fundamentos de la teoría australiana son de carácter geográfico, antroposomático, lingüístico, cultural-etnológico, que no es posible presentar en espacio tan reducido de esta nota.
Se tiene noticia de que, a contrapelo de las críticas a esta teoría porque se alzaría sobre bases científicas aun no suficientemente validadas, sobre todo por la insuficiencia de mayores hallazgos arqueológicos, la University of New South Wales (UNSW) de Sidney y la Universidad de Tarapacá en Chile, coordinan estrechamente acciones de investigación sobre la teoría australiana. Uno de los frutos de esa cooperación son conclusiones preliminares obtenidas mediante la contrastación del ADN de los cientos de restos esqueléticos encontrados en la Patagonia y de restos aborígenes australianos, permitiendo inferir que las primeras inmigraciones al extremo sur de Sudamérica, tienen origen muy probable en Australia.
Una vez asentados en tierras suramericanas, los inmigrantes australianos habrían creado, entre otros, milenarios grupos étnicos como los Onas, Alacalufes y Tehuelches en la Patagonia”; así como a Mapuches y Atacameños (antecesores de los Collas) en la costa del Pacifico sur, agregaríamos nosotros.
Coquimbo, Atacama y los Collas
Sea por la ruta oceánica o por la australiana o por ambas (lo cual es más probable) gentes venidas de esos lugares poblaron, entre otras, considerables áreas de la geografía de las actuales regiones de Coquimbo y Tarapacá en Chile de hoy.
Según José de la Riva Agüero -gran historiador peruano apoyado en considerable historiografía de los llamados Cronistas de la Historia-, “las regiones de Tarapacá, del antiguo litoral boliviano y de Atacama, hoy tan desoladas y áridas, no debieron serlo hace muchos siglos. Pueden descubrirse en ellas vestigios de extensa vegetación milenaria, ríos desecados, como el que existía junto a Copiapó, y hasta restos de bosques, como dicen haberse hallado en las cercanías de Calama y de Huantajaya. Todavía en la época de los Españoles, Copiapó recibía el nombre de San Francisco de la Selva”.
Múltiples trabajos arqueológicos y estudios realizados por la Universidad de Tarapacá y de la Universidad Católica, ambas chilenas, han confirmado la antigua realidad ecológico-natural, ahíta de “humedales”.
Se ha dicho, con fundamentos atendibles, que en épocas posteriores a la existencia dominante del agua y la vegetación en el espacio atacameño, sobrevino un lento proceso de desecación del gran bosque húmedo, que convirtió a ese vergel en uno de los más grandes y calurosos desiertos del continente; ello debido principalmente a la cesación progresiva aunque relativamente ràpida de las filtraciones que provenían de la cuenca del Titicaca; esto, según investigaciones que dan cuenta muchas entidades y profesionales entendidos en la materia.
Ante la conformación paulatina de nueva realidad física que fue emergiendo, los pobladores de ese extenso territorio se vieron obligados a buscar en su entorno geográfico nuevas tierras, su “espacio vital” para subsistir, optando –como no podía ser de otra manera- por lo más cercano: la meseta altiplánica, en donde la cultura Tiahuanaquense a la sazón en decadencia, mantenía aún sus logros en la evolución material de existencia de su gente y en la portentosa arquitectura de sus principales edificios.
La obligada continuación de ese proceso histórico se patentizó cuando se produce la gran invasión, seguramente violenta, de los atacameños al Tiahuanaco y su entorno altiplánico. Los invasores suben desde la costa y llegan a Carancas, desde donde aniquilan, ahuyentan o sujetan a sus antiguos ocupantes o dueños, los mismos que según Riva Agüero eran quechuas, pero que las investigaciones contemporáneas han establecido, ya de manera firme, que fueron Puquinas. Los historiadores Del Busto y Espinoza Soriano avalan esta explicación en retrospecto.
Reafirma Riva Aguero que “la destrucción de Tiahuanaco se debió a las hordas aimaraes de Cari, procedentes del lado de Coquimbo aproximadamente durante los siglos IX a XI”, afirmación sostenida por varios cronistas, entre ellos el Cieza de León el creíble “príncipe de los cronistas”, así como validada por documentos coloniales, tales como la famosa “Visita” de Diez de San Miguel.
Debe tenerse en cuenta que la tierra del Collao era de áspero clima frío. No obstante, el propósito permanente de atacameños o collas era ocuparla violentamente. Así lo hicieron después de constatar que la nueva tierra ofrecía posibilidades ciertas para la satisfacción de sus necesidades vitales de supervivencia. Una vez asentados los invasores venidos desde Coquimbo y Atacama, los grupos humanos que los conformaban aprovecharon los avances logrados durante el desarrollo cultural y civilizatorio de los puquina en la región, y en consecuencia impulsaron y mejoraron la domesticación de plantas y animales que generosamente ya ofrecía el medio altiplánico.
Los atacameños, llamados collas en el incanato y más tarde aymaras (nombre postizo puesto por los españoles al encontrar mitmas apurimeños con esa denominación) rebasaron la meseta; y, en el largo proceso expansivo fundan asentamientos (señoríos o reinos) en diversos puntos del ámbito territorial de los puquinas-aimaras: la meseta del Collao y áreas contiguas de influencia. No es corta la lista de los grupos étnicos ahora conocidos como Aimaras que hablaron aimara desde tiempos pre-incaicos hasta siglos post-incaicos.
Varios investigadores han formulado relaciones identificatorias de esos grupos (Rowe, Lumbreras, Roger Ravines, Bouysse Cassagne y otros) basados en todos los casos, en los cronistas de la historia que tocaron el tema: En territorio actualmente peruano estuvieron los Canas ubicados al norte de Ayaviri pasando el nudo de Vilcanota hasta cercanías del Cusco; los Canchis, en las actuales provincias de esos nombres; los Chumbivilcas en Yauli, Espinar, los Collas, en la orilla nororiental del lago, ocupando la cuenca de los ríos Pucara y Ramis; los Lupacas, que ocupaban desde Puno al río Desaguadero con colonias en Larekaja en la selva y Sama en la Costa; los Kallahuayas en la actual provincia puneña de Carabaya con continuidad en el flanco oriental de los Andes, actuales provincias bolivianas de Muñecas y Saavedra; los Kollahuas en la cuenca del Colca Majes; los Ubinas entre los volcanes Misti y Ubinas; los Carumas, en los altos de Moquegua y Tacna. En Bolivia, los Pakajjes, al sur del Desaguadero hasta altos de Arica; los Karangas, en la circunscripción del mismo nombre; los Quillaqas, en provincias Abaroa y Ladislao Cabrera; los Charkas, en Chuquisaca; los Soras, los Chuis, los Yamparas, los Qharaqkaras en Carancas, los Visisa, los Chichas y los Lipis en el área del lago Popoó; todos ellos en los departamentos de Oruro, Chuquisaca, parte de Cochabamba, algunos con extensiones en la costa actualmente chilena.

En suma, los Lupacas (de lupi=sol y jaqe=ser humano, lupijaqes) fueron uno de los señoríos aimaras sobre los que se erigió la “provincia de Chucuito” en tiempos del coloniaje español y la provincia del mismo nombre en la época republicana.
Formulamos votos fervientes para que los actuales estudios se incrementen y arrojen conclusiones científicas que validen o recusen la hipótesis provisional de que el largo recorrido de los actuales collas llamados aimaras, empezó en Australia y/o en Oceanía, llegó a Coquimbo y luego a Atacama, y finalmente saltaron a la meseta del Collao, su principal hábitat actual. <>
