Jaime Hernán Cornejo-Roselló Dianderas
La geografía nos une, pero la geografía política nos separa
Es indudable que las historias construidas, establecidas y proyectadas a lo largo del tiempo, entre las poblaciones del suroriente peruano y las del noroccidente boliviano, son de largo aliento. Son historias plurales y multidimensionales. Y persisten en la memoria de estimable población ilustrada, aún en estos tiempos de lenta, errática y distante afirmación de esas repúblicas diferentes que maquillan eventuales acuerdos, pero que, en la práctica, actúan contra la integración.
Con todo ello es evidente que las poblaciones de esos segmentos territoriales del suroriente peruano y del noroccidente boliviano se complementan, enlazan y afirman mediante relaciones que sobreviven y se mantienen activas, aunque muchas veces de manera mecánica. Es visible que, básicamente, se apuntalan transacciones rutinarias que, no obstante deficiencias y eventuales desencuentros, ninguna medida de distanciamiento ha podido disolver, ni ninguna dejadez de gestión pública ha podido atenuar. El suroriente peruano y el noroccidente boliviano están y son, porque, más allá de distanciamientos formales, significan y proyectan enlace histórico, consanguinidad cultural y complementación artística con diversos bagajes y ropajes matizados y moldeados en el tiempo.
En detrimento de una geografía política sobredimensionada y enclaustrada que activa visiones desencontradas, los vasos comunicantes en esos territorios de amplitud cultural y consanguinidad no declinan ni agonizan. Las administraciones pesadas y sesgadas que lastran enfoques conjuntos y desintegran no vencen esas realidades de unión y enlace.

Ubicaciones que priorizan concepciones y divisiones
Pero siempre hubo y hay añagazas potenciadas por los esquemas que dividieron realidades hermanas. Y una de ellas es la óptica de ubicación, que confina y simplifica decisiones. Para el Perú formal y centralista afincado y artillado en la megápolis absorbente y deformante que es Lima, que define el futuro peruano, que delinea la cultura y, también, la anticultura en el Perú y que desdeña fortalecer vitalidad en fronteras y en vecindades de confín, solo el suroriente peruano es susceptible de enlace con Bolivia que para ese centralismo peruano es solo noroccidente. Esa constatación no es paradoja, es afirmación de ubicaciones sutilmente diferenciadas que definen políticas excluyentes.
Por ejemplo, para el Perú, formal y centralista, Chile se ubica al sur, mediante una Tacna austral, alejada y sin agua. En consonancia, para Chile, el Perú es el norte, es su norte de apetencia. Más allá de estas finas y quizá exquisitas constataciones, pero no elucubraciones descentradas, la geografía que une emocional y vivencialmente, se separa mediante fronteras políticas y ubicaciones de encasillamiento territorial y despriorización de proyectos. Esas ubicaciones, que por sí solas pesan y deben gravitar por su uso unitario, no trascienden e inclusive, con el paso del tiempo, se disuelven o se licuan, motorizando otras motivaciones sociales.
Por tanto, el reto del presente es definir perspectivas y miradas, no solo geográficas y de orientación, sino de estrategia de unión efectiva activando opciones y aspiraciones de diferente calado para construir fronteras activas y florecientes mediante participación social con afirmaciones socio culturales. ¿Utopía?
Innoble nobleza con aristocracia patológica
En la historia del Perú se constata que la clase gobernante de Lima, desde antes de los inicios del proyecto de república peruana, fue impulsora y activa causante de establecer marcadas diferencias con el Alto Perú y luego con la naciente república de Bolivia, donde, por ejemplo, muchos militares peruanos, que luego fueron gobernantes del Perú, infligieron daño a la unidad y la reciprocidad. No obstante, esa es historia del recuerdo cuya memoria no viabilizará nada en el presente y que solo movilizará cierta irritada nostalgia. Sin embargo, recordemos, eso sí, que la clase dominante de Lima es causante del desdén histórico hacia Bolivia, ahondando distanciamientos y elaborando solo formalidades.
Las patologías de la aristocracia limeña, con su anhelante mirada hacia Europa, alimentando sus aires de nobleza en desaforada acumulación de títulos nobiliarios en casi 300 años de vigencia del virreinato, con extrema sujeción a las leyes de la metrópoli, evidenciaron una temperatura socio política que no cambió en los inicios y en la continuidad del casi frustrado proyecto de construcción de república que empeña a ambos países. En Bolivia, también, se miró y mira más hacia afuera que hacia el interior de su propio país.
El centralismo limeño lastra futuro compartido
Pese a todas esas diferencias impuestas en el tiempo, las poblaciones del suroriente peruano y del noroccidente boliviano viven, están y son cuerpos vivos, deseosos de compartir y hasta de ensayar miradas conjuntas, así interactúen inercialmente. Están frente a frente y son vecinos asiduos que comunican expectativas, por muy lánguidas que sean, pero que, en este presente siglo XXI, deben proyectarse para activar relaciones de mayor calado y profundidad, evitando que continúen siendo solo realidades de contacto epidérmico.
Y el principal adversario para que eso continúe es el centralismo limeño, que crece porque proyecta en las poblaciones de su influencia una psicología social que reproduce desdén y desprecio, por varios espacios del Perú, donde un territorio “a” se presume superior a un territorio “b” y actúa capitalizando recursos en detrimento del territorio supuestamente dependiente y más vulnerable. Ese centralismo es enemigo de toda integración que colorea el escenario de racialismo, postergación y menosprecio. No olvidemos que en el Perú conviven varias patrias pequeñas, armando un mosaico variopinto donde, para el caso que abordamos, el suroriente peruano es andino y, a su vez, mediterráneo, como lo es gran parte de la Bolivia noroccidental.
En esa atmósfera de relaciones dispares, no se han concretado, relaciones estables y dinámicas que potencien el desarrollo económico. Entonces, es inevitable afirmar que las vinculaciones con toda Bolivia o con la Bolivia noroccidental solo las modela, transita y se activan mayormente desde el suroriente peruano y casi nada desde el demás Perú. Y es Puno, con sus mundos mestizos, aimaras y quechuas, el principal protagonista y debe constituirse como núcleo generador y generatriz de nuevas y dinámicas relaciones con Bolivia.

El mar y el ombligo costeño que alejan y no integran
Pero vamos por partes. No olvidemos que existe una relación clara y diferenciada. El Perú marítimo y costeño no es ligamen, ni traza destino compartido con Bolivia. En esa línea de veracidad política y de gestión binacional trunca, los retos del presente pasan porque las poblaciones del suroriente peruano, en especial los puneños altiplánicos, reconstruyan, dinamicen y fortalezcan esas relaciones en varias dimensiones, y no solamente en las de transacción en la economía, que ahora es silente y en muchos caos subterránea, siendo, hasta hoy, la informalidad y el contrabando las vinculaciones más visibles.
En esa línea de postergación y disminución del valor del suroriente peruano, afirmamos que, todos cuantos se interesan por conocer y estudiar la historia contemporánea de las relaciones entre Perú y Bolivia, comprobarán que esa historia, supuestamente fraterna y simultánea, solamente se ha circunscrito a la formulación de sendos protocolos y tratados objetivos, plenos de frialdad y distancia, sin ahondar de manera real en la necesidad urgida y urgente de construir destinos compartidos, fortaleciendo relaciones de auténtica fraternidad que instalen unión e intercambio de valores y experiencias de las poblaciones de esos dos países. Y, al final de sendos acuerdos, fraguados en muchos años, en demasiado tiempo burocrático, los efectos visibles son la disparidad del comercio furtivo, el afianzamiento del tránsito de contrabando, con relaciones supuestamente formales, pero que se expresan de manera desigual y aún informal e inestable.
No hubo puentes que funcionaran ni existieron efectivos trazos para armar y rearmar una realidad unitaria, que en el tiempo pasado fue fraccionada y fracturada, y que en el presente es desdeñada y solo aprovechada o capitalizada mediante coyunturas y para amortiguar súbitos contextos contingentes.
En ese escenario, los puneños del presente deben no solo insinuar, sino enfrentar y participar activamente en la edificación de fraternidad e interactividad en varias dimensiones del hacer y quehacer sociocultural, para unir al suroriente peruano con el noroccidente boliviano como espacio vivo y habitado de una nación cuyos avatares nos influencian.
No es vano recalcar que el Perú centralista, junto a un Perú de ombligo costeño, vive y vivirá ajeno, distante y temeroso de que, en las fronteras, especialmente en la andina, florezca vida plena, se afiancen relaciones fraternas y compartidas entre poblaciones vecinas que pueden construir y restituir lazos de consanguinidad histórica y de hermandad moderna. Es preciso detectar y potenciar entendimientos que nazcan de voluntades compartidas y florezcan en la elaboración de políticas regionales. Y es crucial el tema de ensayar políticas regionales elaboradas de consuno entre Puno y La Paz y Oruro.
Y desde Puno, también desdén a lo andino indiano
Contaré en breve ralentí una historia no visible de racialismo entre pares. El mundo andino, personificado por un “país indio”, como era básicamente Bolivia noroccidental, ahondó el desdén de los gamonales y latifundistas de Puno, explotadores de los indígenas y despreciativos de su vida y cultura. Los hacendados gamonales, que eran contingente indecente, deseosos de mantener el estado de injusticia que perpetraban, se vincularon astutamente con el poder de Lima para gozar de la formalidad institucional que de ella emanaba. Las leyes salían de Lima y no de otra parte. Su deseo de reconocimiento y convalidación de su impunidad gamonal los alejaba de la frontera cultural y de la fraterna vecindad. Para ello se pusieron de hinojos ante el poder marítimo que poseía interventores inmediatos en la clase económica de Arequipa que, también, gozaba de poder en el Altiplano al usufructuar, propiedad y bienes de varias, de muchas, haciendas. Y desde los siglos XIX y XX se fue consolidando el distanciamiento de Puno con Bolivia y La Paz, que es la ciudad más próxima a la ciudad de Puno. Así, recelar de Bolivia y de sus potencialidades, y distanciar a Puno de un destino compartido con ella fue para favorecer la desigualdad, ahondar la disparidad y obligar a que Puno mire al occidente limeño y se aleje de Bolivia. Es decir, afianzar el modus operandi del centralismo y el poder terrateniente de Puno afianzó el centralismo y profundizó el racialismo.
En ese tabladillo, que reproducía sainetes, cuanto caballerito hacendado de Puno existía, daba todo de sí para ser socio, por ejemplo, del empingorotado y exclusivista y caricaturescamente “aristocrático” Club Arequipa, y así adquirir poder e integrar una especie de “rosca” provinciana con balidos que, desde aquí y desde allá, embellecían la injusticia. En ese escenario disforme, el ficcional Poder Judicial de Puno se nominaba pomposamente Corte Superior de Justicia de Puno y Madre de Dios, que despachaba de todo, pero menos de lo medular que eran los temas agrarios y los conflictos por tenencia de tierra, que los administraba el Poder Judicial de Arequipa, obviamente en provecho propio y del gamonalismo. Se me viene a la memoria un caso que contaba mi señor padre en las sobremesas familiares, de cómo, ante la transacción y compra de estatus con dinero, cualquier hijo de vecino perdía hidalguía, aunque no ufanía, porque ganaba y adquiría noble ciudadanía. Es el caso de un azangarino llamado Pio León Cabrera, dueño de la inmensa hacienda Huajcchani en las alturas de San Antonio de Poto, que fue explotador y millonario admitido como socio de ese club exclusivista porque regaló y donó gran cantidad de oro en grandes pepitas. Y así afianzó su desdén hacia lo andino. Alcanzó figuración, se sintió más blanco que nunca y más próximo al mar, a Lima y hacia Arequipa. Es el caso de muchos puneños que venden su primogenitura por un plato de chupe de camarones y ansían blanquearse alejándose del Altiplano.

En suma, la clase pudiente y terrateniente de Puno desdeñó a Bolivia y miró al mar y al poder centralista. Se inclinaba social, política y culturalmente hacia Lima. Estas explicaciones y ejemplos no son reseñas anecdóticas. Las casas mansión de varios puneños fueron construidas antes y después de la guerra con Chile en las ciudades de Lima y Arequipa, como ejemplo de distanciamiento con Puno, que solo era hacienda a explotar, despensa a acumular y desván del que proveerse. En ese sainete inerte, pero efectivo, se reprodujo la tragicomedia. ¿Qué puneño de clase media, semiterrateniente, astuto comerciante o cimarrón traficante de lanas y explotador de cueros no se sentía superior a la población de Bolivia? Todos participaban en la danza del desdén y en el propio Puno andino eran señores blancos anhelantes de la costa marítima.
El menosprecio de la clase dominante de Lima por lo andino e, implícitamente, su racismo hacia el suroriente peruano andino, cordillerano y altiplánico, de peso indígena, y su prolongación en el noroccidente boliviano, ha frustrado los enlaces de activa realización para crear un suroriente peruano que también aprenda a mirar y relacionarse inteligentemente con Bolivia mestiza, aimara y quechua. Y ese racialismo aún persiste, la inercia subsiste y los distanciamientos se profundizan, ya no solo entre Bolivia y el Perú, sino, entre el suroriente peruano y el noroccidente boliviano. Y el tema de las diferencias encona y distrae torpemente
Bagatelas con informalidad emocional
Por el desinterés en la construcción de sociedad compartida y activa entre el suroriente peruano y el noroccidente boliviano, se presentan sacudidas emocionales que crean distanciamientos de coyuntura. En el tiempo presente, esos sacudimientos temporales son sobredimensionados en los escenarios del arte popular y del folclore de danza y música. Las diferencias las crean circunstancialidades que pretenden desnivelar lo homogéneo, que luce varias similitudes y analogías, alimentadas por corrientes que mueven patronímicos estándares. Y, entonces, cuando el conflicto atemoriza la ecuanimidad, la epidermis se infla e inflama haciendo crecer pústulas y forúnculos inconvenientes en realidades de bruñida hermandad. Y la discordia crea patologías en medio de la fraternidad distanciándola de la profundidad de dermis histórica que funciona y une a ambos pueblos.
Es tal la disparidad que, en muchos momentos, dos países autoproclamados como países hermanos actúan en la práctica como si fueran Caín frente a Abel, en una balanza que pesa diferencias y no mide coincidencias. Así, el tiempo embalsa, luego embala malos contenidos y empaqueta rencores, produciendo siempre lastres y escoria de desunión, activado por acciones patrioteras que se miran el ombligo, movilizando argumentos rentistas, inmediatistas. Un ejemplo cimero de la torpeza es cribar autenticidades y suponer plagios e impostaciones entre las danzas de Puno con las de Oruro, y así armar un temible y encadenado vía crucis de inexactitudes de estómago burgués, con mala digestión y vocinglería que desune.
El arte andino hoy es mestizo, así sea quechua y aimara y se expresa como torrente renovado y creciente. Y si el arte es popular no debe dividir, sino, por el contrario, dimensionar las similitudes, y ese arte popular contiene visos y destellos de creatividad, porque admite innovaciones lentas, sensatas y bellas. Quienes avivan discordia, es porque buscan esporádica rentabilidad política e insuficiencia emocional que da cabida a la confrontación y a una especie fallida de chauvinismo dancístico entre familiares y consanguíneos. Y eso son las poblaciones del Altiplano que, como expresó Emilio Romero Padilla empieza en la Raya en Cusco y se prolonga hasta la quebrada de Humahuaca en Tucumán, Argentina.
No obstante, y periódicamente activistas de la mediocridad y la rencilla de cantina, activan discordia pretendiendo, si mal no recuerdo, hace 30 años, la señora Zulma Yugar enconar las similitudes calificándolas como plagio e implícitamente señalar que las multitudes son falsificadoras y piratas de su propia identidad, que es construcción histórica compartida.
¿Hay peligro de que Puno se bolivianice o a la inversa que Bolivia pierda identidad por el márquetin de la Fiesta en honor a la Virgen de la Candelaria? ¡Sandeces! Cada población fragua y compone su propio imaginario y modela y moldea arte de acuerdo a su idiosincrasia, y a la conciencia que posee sobre temas de identidad. Así que, preocupaciones de esa índole son de indolencia mental y desorden emocional. Son bagatelas informales. Evitemos que el gran Titiqaqa que nos une, no nos separe y continúe siendo línea divisoria y frontera de trazos inciertos.
Tareas mínimas para el reencuentro
Es tiempo de que ensayemos la oportunidad de caminar juntos para crear una patria grande y con mayor profundidad de integración, más allá del concepto y la vocación de construir en esos ámbitos solo “nación aimara”, que es proclive a la malversación política y que incluye más ítems que solo los lingüistas y de antropología histórica. Hoy es tiempo de anteponer el multiverso artístico, cultural y el crecimiento económico y social con desarrollo ante el devaneo político. Es tiempo de trocar la rivalidad y la competencia por fraternidad activa y convivencia creativa.
Y, es inexcusable e irrebatible que el tema de la liberación del centralismo limeño pasa por profundizar las vinculaciones socio culturales y económicas de Puno con Bolivia, de Puno con La Paz, de Puno con Oruro. Invitando, por ejemplo, a una famosa Diablada de Oruro a que, participe en el festival candelario, y viceversa, que una danza puneña ganadora de febrero visite Oruro.
Además, urge que se reanuden los encuentros deportivos entre clubes de básquetbol y fútbol con equipos paceños, que los escolares altiplánicos intervengan en festivales de arte coorganizados por municipalidades altiplánicas, que se planee que el turismo de cabotaje de reconocimiento compartido del Titiqaqa afiance la hermandad, que la Universidad Nacional del Altiplano realice olimpiadas regionales con universitarios paceños, que se formalicen convenios de interactividad en la frontera. Y que el Gobierno Regional de Puno, despojándose de su subordinado y humillante acatamiento a la normativa centralista de Lima, actúe creativamente en aras de fortalecer la vida entre el suroriente peruano con el noroccidente boliviano. Lo definitivo es que el multiverso andino reviva y engrandezca el alma y se enfrente el centralismo limeño afianzando las miradas y acciones regionales.
Menos relaciones episódicas y espasmódicas en la frontera sin voluntad o predisposición para construir enlaces de mayor profundidad, que eliminen la desconfianza y afiancen la unión.
Urge revertir esa mirada y establecer reales vinculaciones con Bolivia y, en especial, con La Paz afirmando enlaces culturales, artísticos, y acciones comerciales. Ya es tiempo, que lo que históricamente ha sido expresión de relaciones fronterizas silentes y subterráneas adquiera vigencia con visibilidad ciudadana. Puno andino y Bolivia andina son, unidad, mal que les pese a los racialitas de entre ambas aguas. Construir un mundo andino compartido es liberación y triunfo de la hermandad y la consanguinidad cultural.
