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El Perú de estas semanas
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El Perú de estas semanas

Escribir sobre temas de la coyuntura política y más sobre una crisis como la que vivimos hoy en día es complicado. Algunos escritores optan por el silencio; otros, por el contrario, piensan que es indispensable abordarlos. Christian Reynoso forma parte de estos últimos, y ha venido publicando desde el 13 de diciembre de 2022, en su columna semanal en el portal de “La Mula” (https://christianreynoso.lamula.pe/), artículos o pequeñas crónicas con tinte de ensayo, dedicados a la protesta social en nuestro país y en Puno. Por su valor testimonial y fuente para la reflexión, nuestra revista “Altiplania” presenta, con su amable autorización, una selección de estos textos.

PREGUNTAS PARA EL PERÚ (20 de diciembre de 2022)

Mientras que la vida en Lima parece seguir con normalidad ad-portas de las fiestas navideñas, y los centros comerciales rebosan de gente oficiosa por comprar regalos, y los parques se llenan de árboles artificiales luminosos y canciones de Navidad para el deleite de los paseantes, parece que el Congreso de la República marcha en igual sintonía. Obcecado en su propósito de conservar, la gran mayoría de congresistas, sus curules, sueldos y gollerías, y haciendo oídos sordos al clamor del país, zurrándose en las muertes de los más de veinte peruanos ocurridas en los últimos días en las regiones del país.

Mientras tanto, en Ayacucho, Apurímac, La Libertad, Junín, Cusco, Arequipa, allá lejos de Lima, la sociedad civil llora a sus muertos a consecuencia de los disparos de bala de las Fuerzas Armadas; mientras que, otras ciudades del sur y del país se mantienen militarizadas, en medio de la protesta generalizada de un sector mayoritario que pide cambios inmediatos en la conducción política del país, en todos sus niveles, además de justicia y necesidad de ser escuchados. Pues ya no quieren ni Marías del Carmen, ni Chirinos, ni Montoyas, ni funcionarios corruptos, ni prensa limeña parcializada ni Constitución infalible.

Las causas estructurales del momento al que hemos llegado (una vez más), pueden encontrarse en la gran narrativa de análisis políticos, sociológicos, antropológicos e históricos que se leen en la prensa ―de todo tipo― en los últimos días. Pero lo que queda claro es que, pese a todo ese historial que, en tanto antecedente debería servir para no repetir una mala historia, parece que los peruanos y los políticos en especial no hemos aprendido absolutamente nada en el objetivo de construir un país que, pese a sus grandes diferencias con las que convive, dialogue con empatía y sin balas.

¿Cuántos muertos más se necesitarán para que haya un cambio en el rumbo actual de la crisis? ¿Cuál es la ruta clara y legal para concretar el adelanto de elecciones? ¿Cuánto de gestión y cuánto de voluntad política será indispensable para llegar a un acuerdo? ¿La mezquindad que es expresión del Congreso podrá pasar a un segundo plano por el bien del país? ¿Seguiremos igual o peor una vez que haya una solución? ¿Será posible que nos reconciliemos como peruanos? ¿Será un deseo vano pedir a los Reyes Magos que ya no tengamos políticos farsantes? ¿Será todo esto una utopía?

4 DE ENERO: HORA CERO (3 de enero de 2023)

A las cero horas del 4 de enero en la región Puno se reiniciarán las movilizaciones y protestas para pedir la renuncia de la presidenta Dina Boluarte, y que de esta manera se convoque a nuevas elecciones. Así lo han manifestado los dirigentes de los distintos gremios y organizaciones sociales de las trece provincias puneñas. Más allá de que haya divergencias respecto a la alteración del orden público, el transporte y las pérdidas en el sector turístico (se viene la Fiesta de la Candelaria), la decisión está tomada. También han advertido que si hay actos de violencia y desmanes serán responsabilidad de los infiltrados del Estado.

Similar situación se vive en otras regiones del sur como Arequipa y Cusco, especialmente, y desde luego en todo el país. La tregua por las fiestas navideñas y el Año Nuevo ha llegado a su fin, e iniciamos este 2023 con un panorama incierto, hundido el Perú en una suerte de eterno conflicto, por herencia de una clase política indiferente a la realidad. En tanto, el estado de emergencia decretado por el gobierno seguirá vigente lo que probablemente traerá nuevos enfrentamientos y más muertos. De esta manera, el país entra a un espiral de violencia.

Es evidente que Dina Boluarte no renunciará a la presidencia (al menos por ahora, en la medida del efecto que tengan las movilizaciones). Más bien, Boluarte ha optado por anunciar proyectos de inversión para el primer semestre del 2023, con inyección de presupuestos orientados a mejorar las condiciones de vida. Pero Boluarte no puede pasar por alto los 28 muertos que ha dejado su mandato durante sus primeros días de gobierno ni puede pretender dulcificar la indignación del país mediante estas medidas. Eso lo sabe el Perú. Y es razón suficiente para mantener las movilizaciones además del rechazo absoluto a la clase política enquistada en Lima (léase Palacio y Congreso de la República).

Resulta inaceptable que luego de 28 muertos no haya ni un solo cambio significativo en el país y que todo siga igual en la esfera política. ¿Tan poco valen los muertos en el Perú? E insisto en la idea ya mencionada en columnas anteriores, mientras las muertes no ocurran en Lima, todo seguirá igual. El centralismo también es válido para la muerte en el Perú. Mientras que las marchas por la paz, para abrazarse y pedir un alto a las protestas, convocadas por el propio Ejecutivo y la Policía Nacional ―al mismo tiempo que reprime la protesta―, evidencian la franca estupidez y visión de un gobierno que parece no entender la gravedad de lo que viene ocurriendo en el país.

PUNO SANGRE CALIENTE (10 de enero de 2023)

Dina Boluarte tendría que ser una política estúpida para creer que después de lo que ha ocurrido en Juliaca y Puno, pueda seguir al mando del gobierno. Si es así, no es política, pero sí algo peor que una estúpida. Lo mismo podemos pensar de su primer ministro Otárola y el resto del gabinete. Y lo mismo de los congresistas que pretenden quedarse en sus curules. A estas alturas es inviable que el Perú esté gobernado por Boluarte y compañía y un congreso deslegitimado. Los políticos peruanos se han degradado tanto (herencia del fujimorismo, especialmente) que el hartazgo ya no conoce de paciencia.

El asesinato de 17 civiles en Juliaca, el 9 de enero, en su gran mayoría jóvenes de entre 20 y 30 años, a manos de las Fuerzas Armadas (balas y perdigones), además del asesinato de un suboficial PNP, carbonizado a manos de los manifestantes, no solo es expresión de una ultraviolencia innecesaria, sino irracional, y debe ser condenada. Pero es también el resultado de un gobierno que ya lleva otros 28 muertos en la espalda y que, no obstante, hace oídos sordos a la voluntad de un sector mayoritario del país (es decir, el país que no es Lima), que pide la renuncia de la presidenta para la convocatoria a nuevas elecciones. Una corriente de opinión dice que será más de lo mismo, y seguramente será así, pero eso no significa que haya que tolerar que quienes hoy están en el gobierno y en el Congreso, manchados de sangre, sigan ahí, hundiendo al país en sus mezquindades y luchas de poder.

De esta manera, es el gobierno y sus voceros, además de la derecha (enquistada en Lima), quienes son los principales instigadores de este descontento y revueltas con las consecuencias ya conocidas. Hay pues dos lecturas irreconciliables, antagónicas, despreciativas y racistas, en la forma de pensar y vivir el Perú, que han marchado paralelas con el correr de la historia, y que han tenido su punto álgido de enfrentamiento con la elección de Pedro Castillo, elección legítima que ha sido bombardeada desde el primer día. Más allá de la incapacidad de Castillo y la corrupción de la gente de su entorno, hay que reconocer que no se arrodilló ante la derecha, ante Lima, decisión que, al mismo tiempo, fue su talón de Aquiles. Por el contrario, Boluarte ni bien vistió la banda presidencial cruzó la línea fronteriza y hoy tenemos 46 muertos y ciudades paralizadas y destruidas.

¿Dónde están los líderes de opinión y políticos de toda tienda, que suelen salir a hablar y a presionar cuando las muertes ocurren en Lima? Hoy guardan un silencio cómplice. ¿Por qué no hay una presión política para que tanto el gobierno como el congreso asesino de hoy dejen el poder? Tal vez, por eso, como se trata de ejercer presión, ahora se hable de “sitiar Lima” desde las regiones, pues la indignación crece. ¿Será posible? ¿Será razón para nuevos enfrentamientos y muertes? Seguro que sí. En todo caso, ¿cuántos más muertos se necesitan?

Al parecer, el gobierno envía a Puno una comisión espuria sin capacidad de decisión, para negociar ¿qué?, puesto que la consigna es clara: la renuncia de Boluarte, que se vayan todos, frase ya simbólica en el imaginario peruano. No hay más. Pero Puno y Juliaca siguen con la sangre caliente. Han matado a sus hijos. Y seguramente mientras más balas haya más sangre hirviendo habrá, no obstante, la consciencia de que todo esto condenará al atraso de la región en lo económico, social y cultural.

Por eso mismo, es también lamentable que hayan sido los propios puneños urbanos quienes hayan saqueado e incendiado los centros comerciales de la ciudad sin ningún empacho, corriendo con sus bolsas, con sus asquientos aprovechamientos. Los vecinos de tu barrio, los de la vuelta de la esquina, las señoras comerciantes, los delincuentes y los borrachos de paso. Solo algunos gritos de la gente indignada impedían el saqueo con la condición de que los productos vayan a la hoguera. De esta manera, se deslegitima una protesta justa y la convierte en una anarquía delincuencial por encima de los muertos. No vengan a echar la culpa a los aimaras y quechuas. La sangre hierve en Puno, las palomas de las plazas vuelan sin saber lo que ocurre, el cielo azulino se alza hermoso, pero en las calles, en las casas, en las familias, el dolor cobra vida y la sangre se calienta.

“TAL VEZ VAMOS A MORIR” (24 de enero de 2023)

“Tal vez vamos a morir”, dicen, mientras se despiden y abordan el bus. Las personas que los rodean aplauden y les hacen vivas. Las madres de los muchachos los abrazan y parece que no quisieran desprenderse de ellos. Lloran y les dan la bendición. Se sienten desamparadas, porque lo que los muchachos dicen, que tal vez van a morir, es cierto. La gente se conmueve, yo también, y una vez que la puerta del bus se cierra, empiezan las arengas: “Dina asesina”, “Ni una muerte más”, “Dina asesina”, “El pueblo unido jamás será vencido”. En efecto, esa gente, ese clamor son del pueblo y los muchachos también. Son estudiantes de la Universidad Nacional del Altiplano y están yendo a Lima para pedir la renuncia de la presidenta.

Desde la tarde, en el Parque de la Madre de Puno, se han reunido cientos de personas para esperar a las delegaciones que viajarán a Lima. Dos buses aguardan sobre la pista. Antes de partir, han sido equipados con víveres (galletas, fideos, arroz, porotos, latas de atún), paquetes de agua y gaseosas, papel higiénico y algunas frazadas y colchonetas. Los productos han sido comprados con la colaboración de todos, pero también hay vecinos que traen bolsas con provisiones que dar. Otros estudiantes, con un megáfono y una caja de cartón acondicionada como alcancía, solicitan a la muchedumbre y a los mirones apoyo económico. Todos colaboran. Hay una hermandad que no necesita ser declarada.

Una vez que el bus de los estudiantes parte es el turno del siguiente en el que va la delegación de una comunidad campesina de Pomata. El ritual se repite casi de manera similar. Esta vez no son muchachos universitarios, sino hombres y mujeres mayores, campesinos, con los rostros un tanto cansados, pero al mismo tiempo con una fuerza que expresa determinación por lo que están haciendo. Más protocolares, uno de ellos habla antes de abordar el bus. También dice que tal vez mueran en las marchas, pero es necesario ir a Lima a decirle al gobierno asesino que deje de matar al pueblo. Enseguida, el bus parte. La gente corre tras él, mientras aplaude y da vivas. Los parabrisas han sido escritos con: “Puno rumbo a Lima”. Y una bandera del Perú flamea por allí.

Una vez más Puno en la historia. Las delegaciones llegarán a Lima en más de veinte horas. Y luego irán a marchar. Enseguida, los llamarán terroristas, vándalos, radicales, violentistas, indios de mierda; los enmarrocarán, los apresarán, y los despreciarán y les dirán que se vuelvan. Todos esos periodistas, líderes de opinión, políticos y policías que no conocen más allá de Lima. El gobierno no los atenderá, mucho menos otros hermanos de Puno que lucran con la cultura y belleza de Puno. Más bien, les darán las espaldas. Otros tantos puneños limeñizados hasta se asustarán de ellos y marcarán su distancia, pero luego vendrán a bailar a la Candelaria, a rezar a la mamita, orgullosos de su cultura, hipocritones. Otros puneños con perfil bajo los apoyarán sin alarde. Y cómo todo esto no va a reventar la indignación y la rabia.

VIAJAR Y LLEGAR EN TIEMPOS DE DINA (31 de enero de 2023)

El 8 de enero debía tomar un vuelo Juliaca – Lima, pero las manifestaciones contra el gobierno de Dina Boluarte desde el día 4 en que acabó la tregua y los posteriores enfrentamientos con la policía, produjeron el cierre del aeropuerto Inca Manco Cápac. El 9 de enero los enfrentamientos en Juliaca dejaron 17 civiles y un policía muerto lo que empeoró la situación. Paro general, carreteras bloqueadas, aeropuerto inhabilitado, vuelos cancelados, gobierno oído sordos, indignación.

Dos semanas después, urgencias de salud me obligan a tener que viajar a Lima. A cualquier costo. El primer paso es ir en auto de Puno a Arequipa para tomar el vuelo Arequipa – Lima. Hay más posibilidades de viajar desde esta ciudad que desde Juliaca. Se corre la voz de que los fines de semana las carreteras se desbloquean por horas y se puede pasar. Algunas personas ofrecen el servicio de manera particular a un costo de 120 a 200 soles por persona. Advierten que el viaje puede demorar mucho más de los normal (que es 5 horas) y que hay que ir por carreteras alternas. Yura, la entrada a Arequipa, también está bloqueada.

Con Moisés, mi cuñado, hacemos el viaje por nuestra cuenta. Salimos en la madrugada del sábado y sorteamos el primer bloqueo, fuera del radio de Juliaca, pero a poco de llegar a Cabanillas, poco antes de la mitad del recorrido, el bloqueo es insalvable. No hay ninguna oportunidad ni forma de negociar con los manifestantes. Debemos dar media vuelta. Otro tanto de vehículos hace lo mismo. Lo intentamos nuevamente en la noche del mismo día con igual resultado. Solo queda esperar el siguiente fin de semana, tal vez tengamos más suerte. Esta vez lo logramos, pero a un costo cargado de incertidumbre y horas de espera.

Partimos en la noche. El primer bloqueo a la altura de Huataquita, antes de llegar a Cabanillas, nos obliga a esperar hora y media. Hay más de cuarenta vehículos entre autos, minivans y camiones, que van sumando. En la medida que más tiempo pasa, los conductores más se exasperan, lo que los lleva a organizarse para ir a demandar el paso a los manifestantes junto con todos quienes esperamos. Llueve. La oscuridad asusta. Los manifestantes al mando del bloqueo fuman y nos dirigen la luz de sus linternas en los rostros. Cada quien expone sus ideas en demanda de paso. Queda sentado, ante todo, que compartimos el ideal del paro y la indignación frente a los muertos y el pedido de renuncia de Boluarte. “No nos presionen”, dice el líder de los manifestantes. “De pasar, van a pasar”. “¿En cuánto tiempo?”. “No lo sabemos, deben esperar”. “Ya llevamos cerca de dos horas”. “Un par de horas más”. Los ánimos se caldean. Más oscuridad, más cigarrillos, más lluvia. Se retoma el diálogo. “Media hora”, se acuerda finalmente.

Pasado el primer bloqueo avanzamos unos kilómetros más y antes de llegar al sector de Aychuyo un nuevo bloqueo se levanta. Unos diez manifestantes, la gran mayoría mujeres, tienen una actitud más radical. Barricada, fogata, hollín, banderas del Perú, banderolas contra Dina y el gobierno, un camión estacionado a modo de muro de contención, rostros amenazantes, linternas, cigarrillos y pantallas de celular que se prenden y apagan. A ratos, la lluvia.

La espera y la negociación se prolongan por tres horas y media, hasta que se decide abrir una porción de la pista, algo menos de medio carril, lo que permite apenas el paso de un vehículo. Viene a continuación el trabajo de los conductores de dirigir el tráfico de los vehículos de uno y otro lado que esperan ansiosos y poco les importa guardar orden con tal de ganar unos metros y sortear el bloqueo. Pugnas y riñas, mientras los manifestantes alimentan su fogata, impasibles. Alguien dice somos más de cien personas y podemos doblegar a los manifestantes y abrir la pista en su totalidad, pero nadie se atreve. Llegamos a Arequipa. El viaje ha durado seis horas más de lo habitual, allá en los tiempos en que Dina no estaba en el gobierno.

“¿DE QUÉ NACIÓN HABLAMOS?” (7 de febrero de 2023)

No debe sorprendernos que el Congreso de la República haya archivado los recientes proyectos del Ejecutivo para el adelanto de elecciones en 2023, ni que haya bloqueado las iniciativas de algunos congresistas con tal fin. El Congreso siempre ha actuado de espaldas al Perú, y esta no iba a ser la excepción. No les interesa ni el país ni las demandas ciudadanas que ya llevan más de un mes de manifestaciones en diversas regiones y en la capital, con el saldo de más de sesenta muertos y un panorama que no parece encontrar solución. El Congreso una vez más solo ha cuidado sus intereses y sus bolsillos. Un discurso ya redundante, pero que es necesario decirlo una y otra vez.

Mientras tanto, la presidenta Dina Boluarte y su gabinete viven en un país de fantasía. Según las últimas encuestas más del 70% del país pide su renuncia y desaprueba su gestión, sin embargo, Boluarte cree que quien pide su dimisión solo es un grupo minoritario de violentistas. También Boluarte cree que los 17 muertos en Juliaca, el pasado 9 de enero, han sido producto de balas dum dum disparadas por los propios ciudadanos, hecho que contradice los informes médicos y llena de vergüenza una situación dolorosa y abusiva. De esta manera, hay una narrativa mentirosa que intenta justificar la represión y el abuso, las muertes y la estupidez de una clase política que no escucha a la mayoría del país.

Parece que vamos en camino de una dictadura sino la estamos viviendo ya. Las movilizaciones y protestas legítimas, en tanto inaceptable la continuidad de un gobierno asesino que se aferra al poder, y que están colmadas de indignación y hastío por los políticos, además del cansancio de una desigualdad estructural con guiños racistas, están siendo criminalizadas, “terruqueadas” y combatidas con balas. A lo que se suman estados de emergencia, militarización, detenciones arbitrarias, sojuzgamientos convenencieros (véase las detenciones de los manifestantes por causa de sus cuadernos de cuentas), persecución y abuso ante la libertad de expresión (véase la detención de Aida Aroni Chilcce, mujer campesina), y la concentración de una prensa limeña parcializada.

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De esta manera, la crisis que vivimos (en la que unos son más afectados que otros), ha vuelto a poner en tapete de manera violenta y sostenida las distancias sociales, económicas, políticas y culturales en la que vivimos los peruanos. Lo que conducirá a una polarización que, lejos de servir para corregir y dialogar, no hará más que acrecentar las diferencias. Así, mientras la clase política no tome cartas en el asunto más allá de sus intereses, habrá siempre una fractura difícil de curar, como si fuéramos una nación huérfana. Tal como el Covid-19 que nos mostró un Perú desnudo, sin oxígeno ni hospitales. Cabe preguntarse, entonces, como lo hace Aida Aroni, tras haber sido apresada abusivamente y 48 horas después liberada: “¿De qué nación hablamos?”.

ESCENAS DEL PERÚ DE HOY (21 de febrero de 2023)

Escena 1: Unos cincuenta manifestantes (no necesariamente aimaras), de perfil urbano, levantan pacíficamente sus carteles de “Dina asesina” y gritan arengas pidiendo su renuncia. Un grueso contingente policial los acordona y les impide el paso a marchar. Se encuentran en un extremo del parque Kennedy, en Miraflores, Lima. Más de veinte camionetas del Serenazgo miraflorino están estacionadas en los alrededores. Los serenos hablan, llaman, filman, sudan, están ansiosos; de seguro reciben disposiciones del alcalde, quien ha prohibido marchas en su distrito al que considera “zona restringida”, tal cual dueño de hacienda. Los serenos y los policías causan más revuelo que los manifestantes. Francamente mucha hilaridad. Al frente, en el restaurante Haití, buen número de carcamanes y señoritos toman su café y miran la escena, impasibles. Otros comen helados. No sé si esto resulta grotesco, natural o sencillamente es el Perú.

Escena 2: Miles de pobladores aimaras liderados por sus tenientes y tenientas gobernadoras, ataviados con sus ropas de gala, marchan por las calles de la ciudad de Puno, hasta llegar y hacer su paso por la plaza de Armas. La mole de la Catedral y el cielo puneño los ampara. Al frente, en la comisaría, los policías los miran con contemplación. Los marchantes llevan banderas del Perú, wifalas y carteles contra la presidenta Boluarte y el Congreso. “Asesina”, “Renuncia”. Es una marcha más dentro del nuevo paro convocado para estos días. Los ciudadanos puneños urbanos curiosean: algunos se suman a la marcha y otros cuchichean: “¿hasta cuándo?”. Los restaurantes y cafés puneños esperan que todos se vayan para abrir sus puertas.

Escena 3: La larga mesa con mantel naranja del “Comedor exclusivo de congresistas”, en el Congreso de la República, sostiene los platos y viandas del buffet diario. El almuerzo por comensal cuesta 80 soles, el desayuno 31, y la cena, 80. Hace unos meses el almuerzo costaba 16 soles. Todos esos platos son pagados con la plata de los peruanos. Los congresistas comen rico, reciben sueldos jugosos, pero nunca atienden las demandas del país. Por eso no quieren irse. “Son unos descarados hijos de puta que se dan la gran vida”, me dice el taxista que me lleva a Miraflores, mientras comentamos el tema. La congresista Chirinos dice: “El que quiera comer que coma. Todos los peruanos tenemos derecho a comer rico”. Montoya añade: “Querrán que comamos alfalfa seguramente». Mientras que Cerrón dice que le “parece interesante”. Sinvergüenzas. “Ese comedor debería cerrarse”, añade el taxista.

Escena 4: Hombres y mujeres de Puno, en los alrededores del parque de la Madre, dan su aporte espontáneo para comprar alimentos para las nuevas delegaciones de estudiantes universitarios y de pobladores que viajarán a Lima, para seguir con las marchas en contra del gobierno. El recuerdo y la indignación por los 18 muertos del 9 de enero, en Juliaca, siguen en la memoria, además de la otra treintena de muertos en lo que va del gobierno de Dina Boluarte. Saben que en Lima la comida se acabará pronto y que necesitarán ayuda y más colectas. Pero hay temor: te pueden encarcelar, tal como ha ocurrido con la profesora Yaneth Navarro, acusada de ser “financista” de las movilizaciones, al encontrársele 1900 soles producto de la colecta. “Hoy por hoy, en este país, hasta por dar comida te pueden encarcelar”, comentan. No sé si esto resulta grotesco, natural o sencillamente es el Perú.

AUTOCRÍTICA Y ROMANTICISMO EN PUNO (28 de febrero de 2023)

Hace un par de semanas en esta columna escribimos: “a este punto, la paralización está poniendo al borde del abismo a la región [Puno] y que el cansancio empieza a notarse y a causar estragos”. Hoy, a poco de cumplirse dos meses de protestas y paros en Puno, la situación se torna aún más compleja: por un lado, la legitimidad de las movilizaciones contra el gobierno; por otro, el gran perjuicio social y económico que sufre la región y que la está condenando a un ostracismo; y, finalmente, el cero interés del gobierno de Dina Boluarte, del Congreso y de las autoridades locales para prestar atención a lo que viene atravesando Puno.

Lo cierto es que la región está quedando solitaria y acaso aislada en la praxis de las protestas contra el gobierno, no obstante que las encuestas señalan la alta desaprobación de la presidenta y el Congreso. Pero da la impresión de que los puneños se han quedado solos y apenas se mantienen como un bastión a fuerza de resistencia, pero a un costo muy alto. Y esta situación está perjudicando de manera irreversible a la región en distintos niveles, como si se tratara de una segunda pandemia. Desde luego, las protestas y paros siguen siendo legítimos contra el gobierno asesino y el Congreso inútil, pero quizá haya llegado el momento de pensar en cambiar de estrategia.

Esto pasa por aceptar en primer lugar que los objetivos trazados no han podido cumplirse hasta hoy (la renuncia de Boluarte y la convocatoria a nuevas elecciones), y pasa por hacer una reflexión política en la que deberían intervenir población, dirigentes y autoridades locales, sobre la experiencia de estos dos meses de protestas y dejando de lado el romanticismo, pues algo ha fallado o se ha desgastado y es momento de la autocrítica. Uno se pregunta: ¿dónde están el presidente regional y los alcaldes puneños?, para encontrar canales de diálogo y solución. Podemos entender que están replegados frente a las movilizaciones, pero su función como líderes debe ponerse a prueba hoy.

Lo que trato de expresar es que Puno no puede irse al abismo por una protesta legítima que está más allá de las fronteras puneñas, pues parece que los puneños están destruyendo Puno a costa de ser escuchados, pero debería haber límites en tanto conservación del tejido y el desarrollo social puneños. En todo caso, el campo de lucha y diálogo está en Lima, tal como lo entendieron, inicialmente, cuando fue la llamada “toma de Lima”. Y allí deberían concentrarse los esfuerzos de la indignación y el dolor de la muerte. Sin duda, un escenario complejo, porque implica tomar posición y ubicarse en un lado u otro. Al mismo tiempo, es verdad que hay un gran sector de puneños que, aunque no lo diga, está harto de los paros y protestas.

Es evidente que en Lima y acaso en el resto de las regiones poco importa lo que vive Puno y la agenda de sus demandas. La vida continúa en el país. Así de cruel o insensible: es que hay que trabajar, comer, crecer, vivir. En ese sentido, la reflexión debe apuntar a superar la incertidumbre social y económica, los horarios restringidos, las treguas de fin de semana, los mercados y bancos cerrados, las carreteras bloqueadas, el transporte limitado, la situación de la educación que enfrentan los estudiantes de distintos niveles ante un panorama aleatorio, la frontera Perú-Bolivia cerrada, el temor, la psicosis, etcétera. Todo ello no exime que la renuncia de Boluarte y las nuevas elecciones deberían ser imprescindibles como un parteaguas para encausar un nuevo momento de inicio para el país.

MÁS MUERTES QUE CARGAR (7 de marzo de 2023)

Seis muertos más en el Perú, como consecuencia de las políticas militarizadas del gobierno asesino de Dina Boluarte y su gabinete cómplice; también como consecuencia de un Congreso indiferente, lleno de pobres diablos y diablas a quienes solo les interesa conservar sus curules. Esta vez los muertos son en la provincia de El Collao, Ilave, en Puno. Esta vez los muertos son seis soldados puneños (entre 18 y 20 años), quienes, por órdenes superiores, intentaron cruzar el río Ilave con sus pertrechos y sin saber nadar. Los militarotes en Lima han querido justificar que fueron atacados por la turba de manifestantes, pero lo cierto es que ha sido una negligencia. Más bien, los manifestantes salvaron de morir ahogados a otros tantos soldados.

Estos hechos ocurridos el domingo 5 de marzo, vuelven a abrir una nueva herida en el país y en particular en Puno. O tal vez sea mejor decir que profundizan más la herida ya abierta desde los primeros muertos en Ayacucho, los de Juliaca, Apurímac, Cusco y Lima desde que Dina Boluarte asumió el gobierno, sin entender su papel de gobierno transitorio. Pues, su deseo inicial (y actual) era gobernar hasta 2026. De esta manera, el hecho significativo de que por primera vez una mujer haya asumido la presidencia del Perú ha quedado manchado por el abuso, la represión y la sangre de cerca de 70 peruanos muertos hasta la fecha, en tres meses de gobierno. Así será recordada la primera mujer presidenta. Y tarde o temprano Dina Boluarte, su premier Alberto Otárola y todos los responsables de las muertes tendrán que dar cuentas a la justicia.

Los seis soldados muertos eran de la zona, es decir, hijos de campesinos puneños. En ese sentido, las políticas represivas de Boluarte y la militarización de la región Puno están pervirtiendo la armonía social y emocional de una colectividad que, indignada, pide su renuncia, pues, no quieren transigir con un gobierno que ha matado a sus hijos. Hay que entender que la presencia de más militares llegados de otras regiones, helicópteros que gasean, tanques y movimientos militares no hacen más que exacerbar la protesta. Es una provocación, afirman. Mientras que muchos soldados de la zona se ven en la disyuntiva de tener que disparar a quienes podrían ser sus propios padres o familiares. Una situación terrible que se afianza con la estupidez y matonería de los políticos.

La policía también en una actitud matonesca ha disparado bombas lacrimógenas a diestra y siniestra a mujeres aimaras que marchaban junto con sus hijos en las calles de Lima. Solo se puede calificar de cobardes a estos policías que para ello se escudan en sus armas, pero no son capaces de mover un solo dedo para enfrentarse a la delincuencia, a las mafias del sicariato, al narcotráfico, a los violadores y feminicidas. El mundo al revés. Peor aún, el ministro de Educación Óscar Becerra, quien parece que de educación no tiene nada ni mucho menos parece entender la cosmovisión del Perú, insulta y denigra a las mujeres aimaras comparándolas con animales y minimizando su protesta. Dina Boluarte que también es mujer y de raíces andinas no dice nada. En otros tiempos, cuando la derecha no gobernaba, ya habrían censurado a este ministro, y mientras tanto… los muertos van sumando cada vez más.

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